DR. TOMÁS ANDRÉS

 

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ESPACIO PARA UNA ESCUELA DE CONVIVENCIA

El Dr. Tomás Andrés abre con este artículo la puerta de la que será la Escuela Europea para la Convivencia

Los centros educativos no son, en absoluto, responsables de los problemas de acoso y amenaza entre escolares. Con este primer “post”, damos comienzo al proyecto de creación de una Escuela de la Convivencia que encuentre su razón de ser en un ámbito educativo global.

Siempre se ha dicho que la violencia infantil, escolar o adolescente es un fenómeno antiguo. Tan antiguo como el propio instinto de destrucción consustancial al género humano, que en cuanto especie animal, lleva arraigado en su paleocerebro reptiliano las directrices básicas del comportamiento de defensa, ataque y búsqueda de placer como respuestas posibles a las emociones básicas de sosiego o de amenaza. La agresividad lleva enquistada en lo más profundo de nuestro cerebro desde que los homínidos primigenios comenzaron a buscar su propia línea evolutiva y ahí sigue, agazapada, esperando cualquier oportunidad para manifestarse.

Lo primero que tenemos que entender es que reducir el fenómeno del acoso entre escolares, o la agresividad intimidatoria, a la tradicional dicotomía “agresor-víctima” en un entorno educativo, resulta cuanto menos insuficiente ya que hay todo un complicado entorno psicocultural y social en el que este tipos de actos se motivan y manifiestan y es, precisamente el propio entorno escolar el que, con escasez de medios y como el David que se enfrenta a Goliat, trata de evitar a toda costa este tipo de conductas.

En la televisión dan la sensación de parecer encontrar interesante que una señora, cuyo hijo ha sido víctima de una agresión, declare: “En el colegio no hacen nada por evitarlo”. Pero no sacan a nadie que diga: “ustedes son los primeros responsables, cuando hacen de la violencia la fuente principal de entretenimiento y presentan a los adultos como seres grotescos y ridículos, de los que no se pueden esperar ninguna guía segura de comportamiento ni de autoridad”.

Hemos de reconocer, sin embargo, que la dialéctica del enfrentamiento se establece entre dos tipos de conductas: agresivas y defensivas, y ambas se encuentra arraigadas en nuestro propio sistema neurovegetativo, cognitivo y social.

La agresión hunde, desde luego, sus raíces en la biología evolutiva pero se manifiesta, en nuestra actualidad más inmediata, a través de los procesos intelectuales superiores como son el pensamiento, sea o no positivo o valioso, la memoria, la atención y los procesos perceptivos complejos que se generan a partir de los múltiples estímulos que rodean hoy a los individuos.

Estimular la agresión devastadora, que esencialmente consiste en perseguir, acosar de forma reiterada y tratar de matar, o, simplemente, entretenerse con actos que podrían acabar con el dolor físico o la muerte, no resulta demasiado difícil, sólo hay que enviar las señales adecuadas a nuestro agazapado cerebro depredador.

La indoctrinación radical ideológica, racial, religiosa o nacionalista, la tentación autoritaria y totalitaria, la soberbia orgullosa, los prejuicios, los complejos de inferioridad que hacen que el sujeto adquiera una falsa conciencia que parte de la imaginación de tener una relevancia de la que realmente ha sido desposeído, son elementos que requieren de una determinada configuración agresiva de la mente que parte de las raíces generadas en un determinado entorno social.

La agresión resulta por otra parte inevitable cuando los sujetos de un determinado grupo que los vincula y relaciona no sólo no han aprendido a coexistir sino que se les ha enseñado a odiar y han aprendido a odiarse. Siempre tendremos que contar, entonces, con una posible conducta agresiva contra un congénere.

También la defensa, como instinto primordial, se hace indispensable en un entorno factible de ataques. Estudiar bajo la óptica experimental estas conductas, en términos de respuesta agresiva, paralización o huída - eficaz o no -, o de evaluación del riesgo, puede aportar alguna luz sobre este tipo de cuestiones.

El interés por la excesiva generalización de las disputas violentas en entornos escolares surgió en el aparente orden social de los países escandinavos a partir, sobre todo, de los primeros años setenta, particularmente de la mano de D. Olweus en Suecia.

El agravamiento de las situaciones, con muertes y suicidios, recientemente hemos conocido el suceso de un adolescente finés que mató a varios compañeros, ha venido siendo, desde entonces un fenómeno de interés para los múltiples medios de comunicación de masas, que han visto en el deterioro progresivo de la convivencia entre escolares un interesante tema de impacto social.

Se ha tendido a considerar al fracaso del sistema educativo como causa central, obviando, las más de las veces, las claras responsabilidades que los propios medios y el resto de la sociedad en su conjunto tienen en el hundimiento de los valores humanitarios y de los ideales de reconciliación.

Aislar a los agresores y a las víctimas en el microcosmos del colegio, como si tanto el origen como la solución de los problemas se encontraran realmente allí, como si el entorno educativo fuera realmente el que crea niños y adolescentes violentos, ha venido siendo, desde entonces, un punto de vista para quienes les parece oportuno arrojar sobre los docentes y su sistema educativo la pesada carga de una situación que ellos, por sí solos, ni han creado ni pueden realmente resolver sin la ayuda decidida de otras instancias transcendentales de la organización social.

Artículos, libros, seminarios, campañas, congresos y programas han sido una respuesta necesaria, en algunos casos mejor que en otros, pero sólo tímidamente se ha sacado el problema fuera de la escuela, que es en donde verdaderamente se encuentra.

Este “blog” se dedica precisamente a tratar de aportar ideas, desde el convencimiento de que lo que hay que salvaguardar, muchas veces, es al niño de su entorno exterior al colegio: ambientes familiares patógenos, ambientes sociales peligrosos o el uso de recursos multimedia que basan su fuente primordial de entretenimiento en la ferocidad humana. Es ahí, precisamente, donde el escolar o adolescente adquiere las cogniciones y las emociones negativas que irremediablemente y de manera natural va a trasladar a los patios de recreo y a las aulas de aprendizaje, interfiriendo con su crecimiento lúdico e intelectual y con el de los demás.

De nada servirá una campaña contra la intimidación escolar si no se organizan otras semejantes contra la exposición de la violencia como entretenimiento básico televisivo de continuo consumo escolar y adolescente, si no se ofrece una mejor imagen, en el mundo de la imagen, de los adultos de los que el niño espera protección y guía, y si no se crean medios inteligentes para evitar el odio y la radicalidad en nuestros más próximos y lejanos entornos.

Prof. Dr. Tomás de Andrés.
Dptº. de Psicología Evolutiva y de la Educación de la U.C.M.
tomandre@edu.ucm.es

 

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